Acostumbradas a escuchar decir que la esperanza es lo último que se pierde, olvidamos que es también lo primero que se gana. El mundo como lo conocemos, con sus extremos y matices, no existiría si una dosis de esperanza no hubiese atiborrado la mente, el corazón, el ingenio; incluso la ingenuidad y la malicia de la humanidad.
La esperanza no se inclina desde ningún lindero para que una cosa suceda y otra no, sea esta buena, o mala, o condicionada por un principio universal. Es nombrada sí, asistida por los hombres y mujeres que disponen en ella una fe impoluta, inexplicada; y entonces desde cualquier bando, lugar o trinchera esperan que ese algo suceda. Son ellos, ellas; hombres y mujeres las que ponen a prueba el tiempo y le hacen campito a la esperanza para que encuentre camino; no importa si la aspiración es bella, es solidaria, es humanitaria, o por el contrario bárbara, despiadada o inimaginable.
La relatividad de la moral está enquistada en las intenciones de los hombres y mujeres; por ello hay quienes en sus propios laboratorios emocionales combinan la espera con el deseo, y creen es ello la esperanza; y entonces festejan el despojo de tierras, las intervenciones militares, las violaciones a los derechos humanos, la vida al filo del misil, la fijación en la alegría temprana -propia de la infancia- puesta en el encuadre de un dron que minutos después será dinamitado. La esperanza cabalga entre la injuria y la belleza; aunque en una lo hace a fuerzas y en la otra recibe la invitación.
El transcurrir de la historia del mundo, siempre fragmentada, a medias, despedazada, ajustada, empobrecida y enaltecida, ha dado luces de las causas y consecuencias de la guerra; de la lucha activa de la supremacía sobre las masas; de la aberración de la criminalidad y de los alcances del poder en alquimia con la neurosis, el narcisismo, el capital y la personificación temeraria de quienes dejan saber públicamente que en su vida podrán haber tenido de todo, menos amor.
Es por ello, y tanto más, que cuesta creer que el individuo colectivo se resista a interiorizar lo indispensable de la vida en comunidad; la urgencia de la solidaridad como expresión tierna de lo que somos. También, que en medio de tantas redes, espacios, plataformas, accesos y posibilidades de conectar, una mayoría en el mundo insiste en desconectarse del tiempo y el espacio, dándole la espalda a la conmoción, como si no fueran también responsables del capítulo que estamos escribiendo para este capítulo de la historia de la humanidad.
La decisión de omitir lo que sucede en el mundo no puede tener la misma dimensión que la decisión de conmoverse por lo que le sucede. Negarse a ver al otro a los ojos es censurar una parte grande de quienes somos; es hacerle trampa a la esperanza para que tarde en llegar; es poner trabas a un viaje largo que intenta arribar con buenas noticias.
He cuidado en los últimos años de mi vida la decisión y la capacidad de conmoverme, y la he cuidado tanto que la abrazo muy seguido. Cuando escucho una zamba; cuando en la calle veo a alguien ayudar a otro alguien desconocido; cuando una nena abraza a su perro; cuando la maestra enseña con trucos y paciencia; cuando los niños juegan, cuando una abuela cuenta una historia de su infancia; cuando el señor de la tienda me da un dulce a cambio de $200 de vuelta; cuando el conductor saluda con una sonrisa; cuando el panadero comparte galletitas; cuando el campesino intercambia sus semillas; cuando las familias se abrazan; cuando las amigas se juntan; cuando me invento un monólogo y un texto para confesarme que, a pesar de todo, sigo creyendo en la humanidad.
Ya hemos caminado lo suficiente como para prescindir de aprendizajes y lecturas irrebatibles de las intenciones particulares que tienen los peones del capitalismo sobre poblaciones, países y recursos; generaciones, especies y pueblos enteros han sido sacrificados para no dar permiso a la duda.
Sin embargo, y aunque esté lejos de parecerlo, hemos llegado hasta aquí bajo el adjetivo sobreviviente de una victoria ganada, la de no haber perdido la esperanza. Yo decido creer que sigue siendo posible construir nuevos mundos, amables y esperanzadores para la mayoría, y no por ello acudo a la ingenuidad de atribuir sencillez a lo que sé que es difícil. Pero decido creerlo. Deposito mi esperanza y mi esfuerzo para que así sea, y siento que somos muchxs lxs que ahondamos en ese deseo y tenemos de nuestro lado herramientas que en otros lugares son desconocidos, inexplorados, relegados porque no se adquieren con la retribución monetaria de manos manchadas, son explícitamente resultado de la ternura con la que se mira al mundo.
Nosotrxs tenemos el arte, tenemos la risa, tenemos los abrazos, tenemos la alegría; tenemos la disposición de escuchar al otro; tenemos las imágenes, la creatividad, el llanto, la simbiosis de un pálpito transfronterizo. Nosotrxs tenemos la vida que es más que vivir. Y entonces sabemos, como algún día dijo Julio Cortázar, que probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza; la esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.
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